13/8/14

22. Bather



La mujer se lleva del caminante nocturno la luz brumosa que enturbia sus recuerdos y,  mareada por el oleaje, se deshace en las profundidades; al volver a divisar la costa, cuando su cuerpo busque desesperadamente un remedio al deseo, sabe que volverá a beber de él lo que la hace renacer...


(del diario personal del dr. Sverennson)


Para cuando quieras darte cuenta ya habré regresado. Quieran los dioses que nunca sepas de mi desobediencia, pues sólo pensarías en mi intención de borrar lo de ayer. Y cómo hacerte ver que ni el agua más pura y cristalina podría eliminar los estragos del hielo deshaciéndose con exasperante parsimonia entre mis nalgas. O cómo demostrarte que tu lengua sobre mi sexo sigue quemando pese a sumergirme en este remanso bendito. ¿Me creerías si te hablara del extraño vapor surgido al remojarse el monte al cual asciendes cada día? Déjame dudarlo.

No. Ni mis manos atadas, ni los azotes, ni tu deseo rugiendo al compás de cada sacudida. O mi pelo aferrado al montarme, tus caricias malsanas sobre mi espalda, y ese vicio anhelante, corrupto, de comernos la boca en contorsión animal. Nada de todo eso se irá. Incluso podría asegurarte que el inocente baño me lleva de nuevo a la pira que comparto contigo.

Confórmate, pues, en encontrarme en el amanecer de tu mirada, como la sofocante tentación que el tiempo tiene a bien ofrecerte. Disimula la agitación de tu respiración tras alguna de mis sonrisas y vuelve a enturbiar mis ojos. Nada habrá cambiado. Nunca.


[Y si, quizá, el gusto cree descubrir algún matiz diferente, ya me encargaré yo de acribillarte el paladar con el néctar que ya me conoces.]


19/7/14

21. Rock of doom



La bruja lo tiene preso en la retina, y ella misma no entiende cómo ha podido rendir así de fácil su voluntad ante un mortal. Su cuerpo le provoca. Lo ha visto desnudo en las sombras de los sueños más terribles y ha creído poseer su sexo en más de una ocasión. Pero la luz ha quemado el espejismo. Sólo en una noche sin luna, cuando la herida supurante de la hechicera escueza más allá del tiempo, logrará poseerlo… materializar su ardiente deseo.


(del diario personal del dr. Sverennson)



Si no eres tú, será otro.
Si no es tu dinero, será el de otro.
Eso te dije. Y, aunque no podías oírme, ni tan siquiera intuirme, te lo susurré muy despacio, para que impalpables como el mejor perfume, mis ruegos hicieran mella en ti.
Porque de eso se trataba, de rogarte la más apreciada de las atenciones, sintiéndome ya entonces esclava de tu carencia. ¿Pero cómo explicárselo a nadie?

La misma sensación de desarraigo, de tortura ilícita, que cuando, tiempo después, aceptaste hacerte cargo de mí y te regodeabas en mi contemplación mientras exigías de mis labios las más intrincadas palabras, como persiguiendo en su resonancia la prueba escrita de mi rendición sincera. Qué lejos estaba yo de saber en aquellos días la conmoción que mi desnudez sembraba en ti. Cuánto aprendí sumergida en tus largos silencios, en aquella densa opacidad que tu convulsiva adicción al tabaco inventaba. Comprendí que sólo enfrentándote a mí podría haber algún futuro. Y que cierta dosis de crueldad doblegaría tu terca resistencia a entregarte a mis deseos, los mismos que capeaban bajo tu piel.

Es ahora mismo y, mientras dormitas en el escenario de nuestro delito, yo sigo aturdida por la fiebre, amarrada voluntariamente a miles de engarces de espuma blanca que tu espada de conquistador roció sobre mi noche.


8/7/13

20. like Olga



En instantes sin resuello, para que la memoria no olvide la pira ni el fuego primigenio, los amantes cierran los ojos y se ofrecen al otro como si les fuera la vida en ello, enlazando sus manos, acompasando sus movimientos y latiendo al unísono.
Perturbadora simbiosis de pasión y delirio.

(del diario personal del dr. Sverennson)


 
Si me paro a pensar hay algo que no te he dicho, algo que no he sabido expresar convincentemente antes de que te fueras. Por eso estoy aquí sentada, después de vestirme y arreglarme el pelo. Por eso he venido al metropolitano, a encontrarme contigo.

En esta callada serenidad, oigo a tus manos recomponer lo que los besos robaron de mí. Y, por instinto, me aferro a los guantes, para sobrellevar la impresión. No estoy echada sobre la cama, en pleno apogeo, ni estoy expuesta a los estragos fornicadores que cada vez necesito de ti con más insistencia, pero lo pareciera.
Me siento maleable, de arcilla, presionada aquí y allá por tus dedos, siendo consciente de lo elástico de mis costuras. Y de la humedad turbia que supura la herida perenne, antojada de verga corruptora.

Turbada.
Turbada en mis adentros, por esa voz susurrante que clama desde tus ojos desorbitados y que provoca que mis piernas no puedan seguir adelante cuando me aguijonea, finando mi espalda, la viperina tralla de tu lengua.
Y los pliegues de mi piel reverberan un te necesito ensordecedor, mientras se ensanchan codiciándote más y más.

Turbada, ahora mismo, sin que lo sepa nadie, en el límite hierático de mi pose, en el mordisco vívido de tu recuerdo.