El pulgar recoge su sabor a fresas silvestres y mis ojos desquician el deseo.
Lee mis pensamientos, me lo dice su boca entreabierta y esa sutil provocación esmeralda que me atiende…
(del diario personal del dr. Sverennson)
No sé a qué vino.
Pero aquel beso tuyo, camino del cielo, me baña aún hoy en una dulce sensación de euforia.
Cohibido, no habías sido capaz de dar rienda suelta a tus deseos. No podía ser que todavía te impusiera tanto. O quizá sólo fuera el miedo a perder lo que uno es incapaz de dejar atrás.
El arrebato de unos labios apasionados.
Instante fugaz en el que se rememora con fruición toda una vida de intimidades sensuales, incendiarias.
Slow motion que cautiva por lo concentrado del espacio-tiempo.
Y que, para cuando abres los ojos y enfocas los ciegos que también nacen con tu luz, el pulso de la realidad hiere más de lo estrictamente necesario.
Beso que tiembla en la punta de mis dedos cada vez que acaricio la forma impresa de su fuego.




