(del diario personal del dr. Sverennson)
Alojado a mis pies, quietas las vueltas del paraíso nocturno.
Y en el creciente fulgor de mis llamaradas, el martirio se mezcla de hoguera y saetas.
Un resquicio de tu pálida piel sirve para echar las cuentas de tu mocedad, aplicando esféricas insinuaciones a lo que nunca he sabido de ti.
Porque, en alguna hora, la inocencia fue tuya; y sin compartir la precisión de nuestros recuerdos, puedo abstraerme con precisión en cada minuto.
El lienzo engulle tu sexo, pero la hoguera que nos consume, desde la pared de la habitación, bombea en suaves reflejos la sangre que ciega tus heridas.
Y como aquella samaritana que resucitó al soldado para Roma, me gustaría sanarte, borrar la ponzoña aflorada a la superficie y dejarte níveo.
En esas, me hurgas la mirada con ternura, el ángel revolotea mi entreabierta carnalidad y entonces escucho lo que trae el viento más allá de nuestros roces.
Maniatado al travesaño, me susurra tu aliento; mas no obedezco, cierro los ojos y me sumerjo en el abandono de tu pose.
A fuera, el sol que no lo puede contener todo, fustiga alto, pese al frío.