La mujer se lleva del
caminante nocturno la luz brumosa que enturbia sus recuerdos y, mareada por el oleaje, se deshace en las
profundidades; al volver a divisar la costa, cuando su cuerpo busque
desesperadamente un remedio al deseo, sabe que volverá a beber de él lo que la
hace renacer...
(del diario personal
del dr. Sverennson)
Para cuando quieras darte cuenta ya habré regresado. Quieran
los dioses que nunca sepas de mi desobediencia, pues sólo pensarías en mi
intención de borrar lo de ayer. Y cómo hacerte ver que ni el agua más pura y
cristalina podría eliminar los estragos del hielo deshaciéndose con exasperante
parsimonia entre mis nalgas. O cómo demostrarte que tu lengua sobre mi sexo
sigue quemando pese a sumergirme en este remanso bendito. ¿Me creerías si te
hablara del extraño vapor surgido al remojarse el monte al cual asciendes cada
día? Déjame dudarlo.
No. Ni mis manos atadas, ni los azotes, ni tu deseo rugiendo
al compás de cada sacudida. O mi pelo aferrado al montarme, tus caricias
malsanas sobre mi espalda, y ese vicio anhelante, corrupto, de comernos la boca
en contorsión animal. Nada de todo eso se irá. Incluso podría asegurarte que el
inocente baño me lleva de nuevo a la pira que comparto contigo.
Confórmate, pues, en encontrarme en el amanecer de tu
mirada, como la sofocante tentación que el tiempo tiene a bien ofrecerte.
Disimula la agitación de tu respiración tras alguna de mis sonrisas y vuelve a
enturbiar mis ojos. Nada habrá cambiado. Nunca.
[Y si, quizá, el gusto cree descubrir algún matiz diferente,
ya me encargaré yo de acribillarte el paladar con el néctar que ya me conoces.]
