Durante mucho tiempo asocié el piano a tenerla cerca, a su pegadiza fragancia.
Me vendaba los ojos, en ocasiones con sus manos, y entre los finos dedos yo destilaba mis emociones aporreando las teclas como un bálsamo. […] Aprendió a tocar sin yo darme cuenta…
(del diario personal del dr. Sverennson)
En el fluctuante reflejo de un piano se entremezclan variaciones de un mismo sentimiento.
Y en el terror de una sacudida de violín se alerta tu instinto de asesino.
Mis dedos se difuminan en el contraste de blancas y negras mientras el pulso agitado de la orquesta me dice que no estás lejos.
Los días de lluvia tiendo a imaginarte corriendo como el agua hasta salvarte y entreveo tu llegada por entre los cristales empañados de frío.
Invento música.
El goteo persiste, no me cura esta ansiedad crónica.
Será que no me fío de tus augurios. Que si no me visto de violonchelo y rasgo la razón no sé ahuyentar lo que me inquieta.
No todas las bandas sonoras te pierden o te traen hasta mí.
Pero no dejo de componerte allegrettos apasionados.
Arrecia el aguacero, se oscurece el mar.
Empapado, las manos dentro del gabán, escondido tras la espesura líquida, no dejas de mirarme.
Tu espectro renace en la luz de mis ojos.
Y mientras la lluvia sigue traduciendo corcheas, mi voz corea tu nombre.

