(del diario personal del dr. Sverennson)
El banquero suizo.
El monitor de esquí.
El importador – exportador.
El subsecretario de estado nipón.
El chófer del subsecretario.
La striper del canal.
El botones de aquel hotel de NY…
La lista es larga, y el último puede haber sido el primero, o un futuro candidato.
Mas no parece importarte, asumes bien mi papel en tu historia.
Pero tus ojos delatan la pérdida; la fe y no solo tus dedos son los que me sueltan al despedirse de mí.
Tus labios besan temiendo la última oportunidad y tu cuerpo reacciona mal ante mi maquinal arrobo.
Cada año es lo mismo.
Regreso a la fábrica que me vio nacer y tú me recoges unas semanas después con la esperanza de reconocerme de nuevo a la salida.
La incertidumbre se desvanece al yo cumplir la promesa, aquella que nunca formulé pero que tú esperas, como un ritual, desde el primer día.
Jamás sabes cuándo lo extravías, por eso regresarte el amuleto, el que llevas siempre contigo y del que yo nunca debo saber, cierra cada uno de nuestros reencuentros.
Y hace que yo reconquiste al hombre de mi vida.
