Jan Morris recoge en su Venecia: “No hay nada más frío y blanco ni más austeramente reverente que la iglesia de San Giorgio Maggiore, de Palladio, que se yergue con mundanal aplomo entre su campesinado de conventos.”
Subido a su campanario reconozco la isla, el sol se desploma sobre el horizonte, y ella quizá dirija sus bellos ojos hacia el agua que, una y otra vez, me la devuelve en suspiros resplandecientes…
(del diario personal del dr. Sverennson)
Me gustan los laberintos y Venecia es un laberinto.
Y es también el insistente repicar de cascos contra la piedra, y el chapoteo del agua turbia.
Entre Rialto y el puente de l’Accademia, el damero irregular muestra media Feniche como si fuera una isla perdida.
Remeros hacia lo desconocido, vagamos sin luna llena, esquivando pasadizos y calles abovedadas.
Canturreas música de Puccini.
Me cojo bien fuerte de tu mano y dejo que nuestros pasos repiquen como góndolas, que naveguen entre volantes de organza.
La ciudad late por donde pasamos.
Tus graves despiertan el curioso interés del que interrumpe su ronda nocturna a tu costa.
Y a orillas del gran canal, los fanales palaciegos alumbran cielos de escayola y pintura, y ensombrecen nuestra fuga en una trasera.
Silencio hecho realidad.
Me paro, te estiro; me entiendes.
Beso, besas. Abrazo, aferras.
Urges, apremio.
Ma siamo descoberti!
En el vaporetto viajo metida en tu abrigo, con la cara embozada en tu cuello.
Nadie conseguiría despegarme de ti.
