Da una tranquilidad especial estar aquí, en este tren ultraligero. Todo el mundo habla italiano, incluida la margarita de Dumas. Del rosa de sus camelias es el carmín escogido esta vez, para sonreírme cada vez que pierdo a las damas.
Entre el sol y la luna, la vía férrea lista hacia el sur, hacia Boloña…
(del diario personal del dr. Sverennson)
Contemplo la nieve y, de nuevo, centellea de oro blanco.
Aquí y allá despuntan negras lanzas. Un bosque descomunal se yergue a ambos lados de la línea.
Por encima, el día se mantiene obstinado en un gris perla.
Hace frío.
Una franja blanca, como de encefalograma plano, parte tus ojos.
El paisaje se impresiona en esas dos ventanas negras y por más que me asomo sólo distingo velocidad.
Permanecemos en el pasillo caoba sosteniendo, entre tu mano izquierda y mi diestra, el lento pero irreversible teorema del amor, desviados ligeramente del eje frontal por alguna insinuante razón.
Te miro, y mis ojos son el espejo donde acicalas el alma.
Repelidos hacia el compartimento de primera, caes sobre mí, broto en tu abrazo, encandilas suspiros, desenfreno en tu simiente.
Solos en el interior de esta bala se concentra el fuego eterno.
