En contadas ocasiones Beaudelaire se citó con su alma. Preparó los encuentros rimando vocales, como un trapecista diseña saltos mortales en su cielo de carpa. Presumiblemente el humo del tabaco no restó ni un ápice de cordura a las veladas, ni el hedor marchito a rosas muertas satisfizo tanto su romántico espíritu…
(del diario personal del dr. Sverennson)
Aquella mañana las rosas se abrieron al día sin recordar el crepúsculo anterior.
La niebla gateó sobre ellas, sobre su fragancia caprichosa, regando de rocío cada pétalo; y con sus gotas de fino ámbar, el sol tejió brillantes collares sin espinas.
Convertida en mariposa, con aquel kimono sagrado y precioso, cómplice de nuestra primera noche, extendí mis alas de vivos colores y revoloteé entre los rosales.
Me sentía libre.
Reconocí el ensueño de mil caricias de amor, el poema que tus labios recitaban a cada instante.
El eco profundo de mi cuerpo chocando contra el tuyo, transformado en canción.
Y, arrastrada por la corriente, me posé sobre los negros acantilados iluminados sobre tu piel.
Volvía a ser tu mujer.
El espejo perfecto donde pasar al otro lado y fundirme contigo.
